En Chile y en el mundo se consolida la tendencia del alza de las temperaturas medias y, en paralelo,
se multiplican las olas de calor, frecuentes, largas e intensas. No es un dato al azar: afecta el sueño, el
bienestar y el rendimiento, y aumenta el riesgo de problemas de salud.
El impacto es mayor en quienes viven con fragilidad social, sanitaria o laboral, como adultos mayores,
quienes tienen enfermedades crónicas o cardiovasculares, niños, trabajadores a la intemperie
(construcción, agricultura, comercio ambulante) y personas en situación de calle.
En la infancia —y especialmente en recién nacidos y lactantes— la vulnerabilidad se explica por la
inmadurez del sistema de termorregulación y por su menor reserva corporal. Con calor intenso pueden
descompensarse con rapidez por pérdidas de agua y sales, elevando el riesgo de deshidratación,
fiebre y alteraciones electrolíticas, además de complicaciones renales y respiratorias.
En niños, el juego y la actividad física al aire libre incrementan la pérdida de líquidos; si esto ocurre en
las horas de mayor temperatura y sin pausas ni agua, el riesgo se multiplica.
La prevención requiere hábitos simples y sostenidos. Prepararse significa reconocer el estrés por calor
y actuar a tiempo: reducir la exposición, enfriar el cuerpo y, ante signos de gravedad, acudir sin
demora a un centro de salud.
En casa, conviene comprobar si el niño tiene sed o sensación de calor; observar sudoración excesiva,
decaimiento, irritabilidad o dolor de cabeza; y vigilar vómitos o boca seca. Intervenir temprano evita
que un malestar inicial evolucione a un cuadro severo. Hay medidas críticas por su sencillez.
En lactantes, evitar el exceso de abrigo y no dejarlos nunca en espacios cerrados sin ventilación: un
automóvil estacionado o una habitación con ventanas cerradas puede volverse rápidamente peligrosa,
incluso mortal.
En menores de seis meses, se recomienda lactancia materna exclusiva y asegurar una buena
hidratación de la madre, porque la deshidratación puede disminuir la producción de leche.
Desde los seis meses, ofrecer agua con regularidad durante el día, sin esperar a que la pidan.
También es necesario ajustar rutinas: limitar ejercicio y actividades al aire libre en las horas más
calurosas, buscar sombra, priorizar espacios ventilados e incorporar pausas frecuentes.
Para familias, escuelas y equipos de cuidado, esto exige coordinación: ordenar horarios, reorganizar
actividades deportivas y garantizar acceso permanente a agua. En mujeres embarazadas expuestas a
temperaturas extremas (por ejemplo, sobre 40 °C), se aconseja evitar la exposición directa y
redistribuir cargas.
La salud pública deja una lección: los avances se sostienen con medidas constantes, cercanas a la
comunidad y respaldadas por una atención sólida y orientaciones comprensibles. Frente al calor
extremo, la respuesta debe seguir esa lógica: alertas activas, preparación local y ciudadanía
informada. Si el cambio climático amenaza lo construido por décadas, la prevención es la vía más
inmediata y equitativa para proteger a quienes están en mayor riesgo y evitar retrocesos.


Juana Pizarro Bravo
Coordinadora de prácticas. Carrera de Obstetricia y Puericultura
Universidad Autónoma de Chile – Talca