El libro aborda la trayectoria de la vida personal y artística de Mario Baeza Gajardo (1916-1998), curicano de nacimiento y director de innumerables coros dentro de Chile y países vecinos. Bajo su influencia en las décadas de los 40, 50 y 60 el desarrollo de la actividad coral floreció como nunca antes en el país y, junto con ello, realizó numerosas labores de extensión artística.
Los tres autores en algún momento de sus vidas conocieron al maestro: Ana Carolina Reynaldos integró el coro universitario del Grupo Cámara Chile en la década del 70, Álvaro Hoppe participó en el grupo de teatro de esta agrupación en esa misma época y además en su labor de fotógrafo inmortalizó muchos de sus eventos importantes, junto con fotografiar momentos familiares de Mario Baeza. Grete Bussenius lo conoció siendo integrante del Coro de Niños de la Universidad de Talca y supo de su enorme importancia en el ámbito coral, una de las áreas en la que luego se especializó.
El libro cuenta con el prólogo de la musicóloga y docente de la Universidad de La Serena Valeska Cabrera y contiene testimonios de personas que lo conocieron o supieron de su influencia, como los directores corales Alejandro Reyes, Juan Pablo Villarroel, Ruth Godoy y Victoria Barceló, así como discípulos y otras personas que fueron testigos de su extensa obra, como el chef Rubén Tapia, el cantautor Francisco Villa, Rebeca Domínguez, integrante del coro familia Domínguez, el director de orquesta Guillermo Castellón, el guitarrista Víctor Martínez Parada, radicado en Australia, entre otros.
El libro pretende rescatar para las nuevas generaciones de estudiantes de música e integrantes de coros a lo largo del país la figura de Mario Baeza no sólo como músico sino como gestor cultural, labor que realizó incansablemente desde los primeros años de su carrera profesional.
Con su lema «Mientras estén vivas las manos, estará viva la siembra. La cosecha vendrá, cuando Dios quiera», democratizó las artes, llevando conciertos, exposiciones, bailes folclóricos, cine, poesía y teatro a todos los rincones del país y sacó a la calle todas estas manifestaciones culturales pues sostenía que todas las personas tenían derecho a conocer la belleza de las creaciones artísticas.
Su última actuación fue el 21 de agosto de 1998, cuando falleció mientras dirigía su coro, fecha que luego fue instituida como el Día Nacional del canto Coral. Este mes, en que se cumple un aniversario más de su partida, creemos que es necesario rescatar no sólo sus logros sino su manera de gestionar los eventos artísticos, de manera entusiasta, colaborativa y con responsabilidad social.